miércoles, 27 de diciembre de 2017

Música mundana


Habiendo mirado estas cosas estupefacto, cuando me rehíce, dije: "¿Qué es esto?, ¿qué es este sonido tan grande y dulce que llena mis oídos?". "Este es - dijo- aquél que se produce por el impulso y movimiento de las propias esferas, descompuesto en intervalos desiguales, pero definidos regladamente en partes proporcionales y que, temperando lo agudo con lo grave, produce afablemente diversas consonancias. Pues, tan grandes movimientos no pueden ser incitados en silencio, y la naturaleza hace que los extremos de una parle suenen graves, de la otra parte en cambio agudos. Por cuya razón, aquella esfera estelífera más alta del cielo, cuya conversión es más rápida, se mueve con un sonido agudo y claro, en cambio, esta lunar e ínfima, con uno  muy grave. Pues la  tierra, la novena, permaneciendo inmóvil en un solo sitio, siempre está fija ocupando el  lugar medio del mundo. Mas aquellas ocho esferas, entre las  cuales la misma fuerza tienen dos, producen siete sonidos distintos en  intervalos, el cual número es casi el nudo de todas las  cosas. Hombres doctos, habiendo imitado esto  con  cuerdas y cantos, abrieron para sí el regreso a este lugar, así como otros que  de prestantes talentos cultivaron en la vida humana divinos estudios. Los oídos humanos llenos con este sonido ensordecieron; y ningún sentido está en vosotros más embotado, así como el pueblo que vive junto a ese lugar donde el Nilo se precipita desde altísimos montes a aquellas que se denominan Catadupta, debido a la magnitud del sonido carece del sentido auditivo.

Marco Tulio CicerónEl sueño de Escipión. Trad. de Benedicto Chuaqui.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Proceso constituyente musical.


Hakim Bey


Después de finalizada la Primera Guerra Mundial, el poeta italiano Gabriele D'Annunzio y su ejército de Arditi toman la ciudad de Fiume haciendo de ella un Estado soberano. Junto a Alceste de Ambris, D'Annunzio redactará una Constitución con la música como principio organizativo.

Así lo cuenta el inefable Hakim Bey en el libro T.A.Z*:

En un arrebato, D’Annunzio decidió declarar la independencia y comprobar por cuanto tiempo podría salirse con la suya. Junto a uno de sus amigos anarquistas escribió la Constitución, que declaraba la música como el fundamento central del Estado.  
(...) 
La fiesta nunca acababa. Cada mañana D’Annunzio leía poesía y manifiestos desde el balcón; cada noche un concierto, después fuegos artificiales. Esto constituía toda la actividad del gobierno.  
(...) 
Creo que si comparamos Fiume con los levantamientos de París en 1968 (también con las insurrecciones urbanas Italianas de los primeros setenta), al igual que con las comunas contraculturales Norteamericanas y sus influencias anarco-Nueva Izquierda, deberíamos percatamos de ciertas similitudes, tales como: la importancia de la teoría estética (los Situacionistas); también lo que podrían llamarse «economías pirata», vivir de los excedentes de la sobreproducción social —incluyendo la popularidad de coloridos uniformes militares— y el concepto de música como forma de cambio social revolucionario.

Los títulos LXIV y LXV de la Constitución refieren el papel que la música va a jugar en la Comuna libre de Fiume: 

MÚSICA 
LXIV. En la Regencia Italiana del Carnaro, la música es una institución social y religiosa. Cada mil o dos mil años renace del alma de un pueblo un himno inmortal. 
Un gran pueblo no es solamente el que crea un Dios a su imagen y semejanza, sino aquel que crea un himno para su Dios. 
Si cada renacimiento de un pueblo noble es un esfuerzo lírico, si cada sentimiento unánime y creador es una potencia lírica, si cada orden nuevo es un orden lírico en el sentido vigoroso e impetuoso de la palabra; la música, el lenguaje del ritual, tienen el poder, sobre todo lo demás, de exaltar el logro y la vida del hombre. 
¿No parece que la gran música anuncia cada vez a la multitud absorta y ansiosa el reino del espíritu? 
El reinado del espíritu humano no ha empezado todavía. 
“Cuando la materia operante sobre la materia pueda reemplazar la fuerza física de hombre, entonces el espíritu de hombre empezará a ver el alba de libertad”: dijo un hombre de Dalmacia de nuestro propio Adriático, el vidente ciego de Sebenico. 
Como el canto de gallo anuncia el alba, la música es el heraldo del despertar del alma. 
Mientras tanto, en los instrumentos del trabajo, de beneficio, y del deporte, en las máquinas ruidosas que, aún estas, caen en un ritmo poético, la música puede encontrar sus motivos y sus armonías. De sus pausas es formado el silencio de la décima Corporación. 

LXV. En cada comuna de la Regencia habrá una sociedad coral y una orquesta subvencionadas por el Estado. 
En la ciudad de Fiume, el Colegio de Ediles será comisionado para erigir una gran sala de conciertos con capacidad de al menos diez mil oyentes, equipada con gradas y un gra foso para el coro y la orquesta. 
Las grandes celebraciones coral y orquestales son "totalmente gratuitas" como de los padres de la Iglesia es dicho gracias de Dios. 
El gran orquestal y coral –las celebraciones serán enteramente libres— en el idioma de la Iglesia — un regalo de Dios. 

Arditi


* Hakim Bey. T.A.Z. Autonomedia. Nueva York, 1991.


viernes, 10 de noviembre de 2017

Jazz on a Summer's Day.

En 1958 Bert Stern filmó este precioso documental sobre el festival de jazz de Newport, en Rhode Island, EEUU. Stern recoge con su cámara destellos de estética Ivy League y beatnik en un ambiente relajado. Suena música de, entre otros, Louis Armstrong, Mahalia Jackson, Gerry Mulligan, Dinah Washington, Chico Hamilton, Anita O'Day, Thelonius Monk, Chuck Berry, Sonny Stitt, Eric Dolphy, Art Farmer y Max Roach.


sábado, 21 de octubre de 2017

Savage joy. Muerte y resurrección del rock V.


Uno de mis libros favoritos sobre música popular es Feel like going home. En él Peter Guralnick da cuenta de sus entrevistas con pioneros del blues y del rock and roll: Muddy Waters, Robert Pete Williams, Charlie Rich, los capos de Sun y Chess records, etc. Es un viaje por carreteras sin asfaltar y cuyos hitos son figuras que viven en el limbo de la historia musical, aún en activo pero relegadas por la irrupción de un tiempo que ya no es el suyo, susceptibles de ser rescatadas por aquéllos que experimentan con angustia la inautenticidad del presente. 
Un Guralnick adolescente había asistido al primer sepelio del rock. Cuando comienza su periplo por los EEUU para hacer las entrevistas que incluirá en Feel like goin home ha transcurrido poco más de una década. En el epílogo el autor cierra contando su propia experiencia y de alguna manera nos devuelve la mirada de ese niño de catorce años que vive con intensidad la emoción liberada por el pequeño pick-up de su dormitorio. 
We had never been South before, and everything was strange to us. The language, the heat, the social customs, the Negro road gang that we saw in their striped convict’s suits somewhere in Virginia or North Carolina. The Festival itself, however, was the same old shuck. It was contrived, it was disorganized, and it was geared irremediably towards a white audience. So that most of the time the bluesmen were overshadowed by the very groups that had come to pay them homage (Canned Heat failed to show, but Johnny Winter appeared with twenty-two amplifiers and assorted equipment), and when they did get to play there was a musty flavour to it, as if the music had been embalmed and specially trotted out for this occasion. These were, in fact, many of the same problems which have plagued every blues “concert” I have attended since I first saw Lightnin’ Hopkins at Harvard twelve years ago: a stiff, unnatural atmosphere, an unbridgeable gulf between performer and audience, and a tendency to treat the blues as a kind of museum piece, to be pored over by scholars, to be admired perhaps but to be stifled at the same time by the press of formal attention. It was a depressing realization and one that left me on the whole with the feeling that even in its own backyard blues had ceased to be a living experience. 
Well, I no longer feel that’s true. Certainly blues is the property of an older generation whose days are just as certainly numbered. Then, too, there is little question that the sense of regional isolation which gave rock ’n’ roll as well as blues much of its original impetus is fast dying out, to be replaced by a form of cultural homogeneity which denies local differences or distinctions. All across the country the radio announcers have the same bland voice, and I couldn’t help thinking as I drove down to Memphis how different it must have been for Elvis or Johnny Cash or Carl Perkins, growing up listening to B.B. King and Howlin’ Wolf and Sonny Boy Williamson on the radio, seeing Muddy Waters and Junior Parker and Joe Hill Louis as popular artists of the day. It’s almost as if they were living in another world. And yet doing this book taught me that world still exists, and that despite the fierce assault of time upon it the music has an ongoing vitality.
Seeing Hound Dog Taylor at Florence’s a few blocks from the University of Chicago playing for a crowd that has no more idea of the existence of twentieth century comforts than it did before leaving Mississippi. Listening to Buddy Guy relaxed and singing for his own people in a way that was altogether different from any of the countless times I have seen him perform for white audiences. Couples dancing and life surging around the pounding relentless beat. Robert Pete Williams at home in rural Louisiana, playing his guitar for himself and his friends with a confidence and a sense of place that no frequenter of jazz festivals or blues concerts will ever sense. Charlie Rich singing from the depths of his soul for an audience of boosters and parvenus—native Memphians who want to make good in an ad agent’s world. The girl who selected “Dust My Broom” on the jukebox of one of the Chicago clubs and then sang along with lyrics that had been composed before she was born. The atmosphere of any one of the South Side joints where heads turn when you walk in not so much out of hostility as real curiosity that a white should venture into their sealed-off world. A man named Honey offers to buy you a drink, his girl wants to dance, and you look for the catch, you wait for the delayed explosion. There is none; it is just manifest good will, people are glad to see you somehow and after a while you, too, begin to feel part of a community that has been created almost as a shelter against the storm outside. 
All these glimpses add up to a picture which is not necessarily coherent but which puts me back in touch with the feeling that originally drew me to the music. It was, when I first heard it, an emotional experience which I could not deny. It expressed for me a sense of sharp release and a feeling of almost savage joy.

Peter Guralnick. Feel Like Going Home. Back Bay Books. Nueva York, 1999.

lunes, 16 de octubre de 2017

La rebelión de los horteras.


Aquilino Duque

Gracias a la rebelión de los horteras, iniciada por Elvis Presley y los Beatles, las gamberradas surrealistas llegarían a dejar de escandalizar a una sociedad que hacía suyo la suciedad, el mal gusto, el sadismo, el masoquismo y además tenía acceso en masa a los placeres prohibidos y los paraísos artificiales. Cuando los agitadores culturales de la Modernidad presentan sus espectáculos de "ruptura" y "provocación", no están más que provocando a los fantasmas de un pasado con el que rompieron en los años 60 y que, fantasmas y todo, responden a veces a la provocación de un modo surrealista, materializándose ante las urnas del presente.

Aquilino Duque, Crónicas anacrónicas. Ediciones Áltera. Barcelona, 2003.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Música de mierda



 

Cuando leí el titular pensé que se trataba de una noticia de El mundo today, pero no, era la conclusión de un estudio realizado por un desarrollador de software, desarrollador cuyo talento, eso sí, bien podría ser aprovechado en EMT.

Como podía tratarse de una interpretación precipitada del estudio por parte del redactor de ABC me dispuse a escudriñar la página web que aloja el trabajo, Musicthatmakesyoudumb. Pues tampoco, tanto el titular como el contenido de la noticia reflejaban fielmente los resultados del trabajo de Virgil Griffith.

Griffith establece una correlación entre la media de los resultados en las pruebas de aptitud académica que se realizan en las universidades estadounidenses y las diez canciones más populares en cada una de ellas. El resultado de enfrentar las puntuaciones con los responsables de las canciones es el de la imagen inferior (pinchar aquí para ver en tamaño grande). A las lumbreras les pirra Beethoven mientras que Lil Wayne es el favorito de los más zotes.







Viendo la gráfica sorprende, por ejemplo, que el dominio de lo que el autor llama «música clásica» ocupe un rango de puntuación sesenta dígitos por debajo del rotulado con el nombre «Beethoven»... Entre ambos se sitúan «AC/DC» o «Techno», entre otros. 

La coherencia no parecía ser la principal virtud del estudio. Pero si he de ser sincero lo que me llamó realmente la atención del artículo de ABC fue la siguiente frase:
Y es que, los alumnos con peor expediente académico escuchan a cantantes como Beyonce, Lil Wayne o Jay Z. A su vez, son fans de géneros como el pop, el «reggaetón» y el jazz

¿¡¡«...y el jazz»!!? Hasta llegar a ese renglón final había recorrido el artículo con indiferencia, aunque todo aquello oliera a chamusquina. Por un lado no me sentía aludido por la conclusión final, ni siquiera por la parte positiva, puesto que aunque Beethoven forma parte de mi dieta musical escucho la suficiente cantidad de mala música como para no esperar ningún tipo de redención. Me veía paseando plácidamente en la zona tibia de la tabla, entre «Classic Rock» «Sufjan Stevens», algo incomodado por la proximidad de «Coldplay»... Pero ese «...y el jazz» era todo un sopapo a rodabrazo que me colocaba con el rezago, junto a los aficionados a la soca y el reguetón. ¿Bill Evans sentado junto a King Africa en el vagón de cola? La broma empezaba a ser demasiado pesada.

Naturalmente fue fácil desvelar lo endeble del trabajo de Griffith. Él mismo advertía en su web que establecer una correlación no es lo mismo que relacionar un efecto con su causa, por lo que su intención no iba más allá de generar un titular llamativo. Pero de forma simultánea me sentí culpable por mi indiferencia inicial. No creí necesario desmentir las conclusiones del estudio hasta que me vi implicado... negativamente. Fui partícipe del desprecio a los amantes del reguetón, no otra cosa era el cebo enganchado al titular.

Griffith, Wilson y Bourdieu.

música de mierda carl wilson
En su libro Música de mierda, Carl Wilson no proporciona las claves que permitan distinguir la buena música de la mala, si no que trata de explicar cómo se forma el gusto y las razones por las que consideramos que el nuestro es mejor que el de los demás. 

Es, en buena medida, un trabajo doxográfico en el que se suceden las citas de diferentes estudiosos del gusto musical. Por ejemplo, en el capítulo siete aparecen ilustrados como Hume o Kant alternando con autores contemporáneos. No falta la cuota científica, como cuando se trata la relación de los niveles de dopamina en el cerebro con el placer musical. Pero en ningún momento – que recuerde – se hace alusión a variables propias de la música que sirvan para fundamentar el juicio. Hume, nos dice el propio Wilson, lo que hace realmente es describir la labor del crítico, sin proporcionar un estándar del gusto. En cuanto a la neuroquímica, una sinfonía de Beethoven puede elevar los niveles de dopamina en un individuo tanto como una canción de Lil Wayne en otro; este experimento nada nos dice ni de la sinfonía ni de la canción.

Algo parecido pasa con el estudio de Griffith/titular de ABC, que funciona como una falacia ad hominem en la que se carga contra el reguetón no por razones intrínsecas al género, si no poniendo el foco en las bajas puntuaciones de sus aficionados en las pruebas de admisión universitaria. 

En el capítulo ocho Wilson se ocupa del libro del sociólogo francés Pierre Bourdieu La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Para estudiar la distribución social de las preferencias musicales Bourdieu enfrenta una serie de grupos laborales ordenados en base a su capital educativo con tres obras musicales que vendrían a corresponder a baja, media y alta cultura (lowbrow, middlebrow y highbrow). El resultado indica que las clases de mayor capital cultural muestran una marcada preferencia por aquellas obras legitimadas por el canon musical mientras que las clases de menor capital cultural lo hacen con obras de «música «ligera» o erudita desvalorizada por la divulgación».


Bourdieu, La distinción


Lo importante aquí, nos dice Wilson - resumo -, es que las preferencias musicales funcionan como elementos de afianzamiento y promoción social, siempre desde un habitus determinado - las circunstancias en las que cada cual está inmerso - y moviéndonos en un campo determinado - el cultural, en nuestro caso -. El fin último de la distinción es el de perpetuar y reproducir la estructura de clases.

Escribe Wilson:
La búsqueda de la distinción tiene lugar dentro de esos campos. Los gustos son el resultado de la interacción entre el habitus y el campo - intentos condicionados por nuestro historial de mejorar nuestro estatus acumulando capital cultural y social en esferas concretas - y, sobre todo, buscan impedir que nos confundan con alguien con estatus inferior. Bourdieu escribió que «seguramente los gustos son sobre todo aversiones, reacciones a la contra provocadas por el horror o la intolerancia visceral ante los gustos de los demás».
A continuación vienen las matizaciones. Wilson considera que el trabajo de Bourdieu pertenece a un tiempo ya superado. El sociólogo francés ve como posible la permeabilidad entre los diferentes niveles alto, medio y bajo en lo que respecta a las obras, en la medida en que su popularización implica un desplazamiento desde la zona alta a la media o incluso a la baja - el Danubio Azul de Strauss en el ejemplo de la gráfica de arriba -. 

Otra cosa es ya el movimiento inverso: que algo popular ascienda hasta el nivel superior. Aquí es donde parece estar el hito que identifica el presente, caracterizado por el derribo de esa jerarquía alto/medio/bajo a cuenta de la denominada cultura no-brow, una suerte de vale tudo.

En sintonía con este derribo vendría una segunda matización, dada a partir del recurso a la figura del omnívoro cultural, un sujeto cuya dieta no hace distingos y que arroja un perfil que encajaría, y no deja de tener gracia la cosa, en el galimatías resultante de agrupar las etiquetas que aparecen en la zona media de la tabla de Griffith. 

La figura contemporánea del omnívoro fulmina ese uso del reguetón como marcador social y, naturalmente, también el del jazz o el de cualquier otro género. Finalmente el destartalado estudio de Griffith refleja, de carambola, una realidad en la que la jerarquía bourdieuana se va disolviendo. Lo hace lentamente, por eso todavía mordemos titulares-anzuelo como el de ABC. 

¿O es que picamos por considerar que hay razones objetivas para considerar al reguetón una música de mierda, al margen de que pueda o no pueda ser - señores Wilson y Griffith - música que escucha «gente de mierda»? Ahí lo dejamos.


sábado, 20 de mayo de 2017

Paris, 1922.

Maurice Sachs

Diversiones por doquier, se cenaba, se salía, se comía después del espectáculo, se hacía el amor. Los negros que tocaban en todas las orquestas daban unos gritos desgarradores, terribles, dulces lamentos y alaridos de niño; el jazz sacudía los cuerpos más enloquecidos y los más moderados y en cualquier barrio en el que uno se asomara por la noche a la ventana se podía ver que la luz roja de Montmartre llegaba hasta el cielo como un gran lupanar.

Maurice Sachs, El sabbat. Cabaret Voltaire. Madrid, 2015.


sábado, 6 de mayo de 2017

Un par de tricornios y carta blanca


Albert Serra nos da la receta para acabar con la piratería.