Marta Alvear.
Gran parte del prosaísmo de la historia se debe a la idea de progreso, pues la historia debe ser progreso invertido. Si las cosas se han ido haciendo siempre automáticamente cada vez más brillantes y mejores, entonces seguir la huella de las cosas hacia atrás es penetrar cada vez más no sólo en la oscuridad, sino también en el prosaísmo. Es pasar del oro al plomo y del plomo al barro; de las novedades bellas a las negaciones monótonas. Pero, en realidad, esas novedades bellas jamás han aparecido sino cuando fue negada a su vez esa teoría negativa del pasado. Han aparecido cuando la gente empezó a explotar la cantera de una civilización más antigua porque era más civilizada que su propia civilización. Eso es, evidentemente, lo que sucedió en el Renacimiento, pero sucedió también en muchos casos en que es menos evidente.
Él.— ¡Oh!, no temáis nada - me dijo -. El punto importante, la difícil cuestión de la que un buen padre debe ocuparse fundamentalmente no es proveer a su hijo de vicios que le enriquezcan, ridiculeces que lo hagan precioso a los ojos de los grandes; eso lo hace todo el mundo, si no sistemáticamente como yo, sí al menos con el ejemplo y la lección; sino indicarle la justa medida, el arte de esquivar la vergüenza, el deshonor y las leyes. Son disonancias en la armonía social que hay que saber localizar, prevenir y evitar. Nada es más aburrido que una sucesión de acordes perfectos. Es necesario algo que destaque, que desbarate el haz y que extienda los rayos.
For Miles
Your sound is fautless
pure and round
holy
almost profound
Your sound is your sound
true and from within
a confession
soulful and lovely
Poet whose sound is played
lost or recorded
but heard,
can you recall that 54 night at the Open Door
when you and bird
wailed five in the morning some wondrous
yet unimaginable score?
Los franceses de Marsella no habían tenido más que tres días de instrucción. Habían dejado el Mediterráneo en el momento culminante de un verano abrasador, su organización se la habían arreglado ellos mismos, ellos mismos habían elegido sus oficiales, ellos se habían impuesto la disciplina que observaban. Habían hecho 500 millas de camino, arrastrando cañones a una velocidad exactamente de 18 millas por día; se detuvieron en el puente al término de su avance, aún en formación, cantando todavía su canción, La marsellesa, y al pasar la lista no hubo nombre que quedara sin contestar... Su número, tan pequeño, les ha hecho parecer a algunos historiadores como insignificantes (o como una leyenda); para otros son un símbolo del poder militar que iba a saquear el palacio, mejor que símbolos del ataque mismo; pero eran más que todo esto: eran, como la tradición justamente se lo ha representado, la esencia de la fuerza que decidió el día crítico de la Revolución, lo mismo que su cántico era el alma de la Revolución misma.
Habiendo mirado estas cosas estupefacto, cuando me rehíce, dije: "¿Qué es esto?, ¿qué es este sonido tan grande y dulce que llena mis oídos?". "Este es - dijo- aquél que se produce por el impulso y movimiento de las propias esferas, descompuesto en intervalos desiguales, pero definidos regladamente en partes proporcionales y que, temperando lo agudo con lo grave, produce afablemente diversas consonancias. Pues, tan grandes movimientos no pueden ser incitados en silencio, y la naturaleza hace que los extremos de una parle suenen graves, de la otra parte en cambio agudos. Por cuya razón, aquella esfera estelífera más alta del cielo, cuya conversión es más rápida, se mueve con un sonido agudo y claro, en cambio, esta lunar e ínfima, con uno muy grave. Pues la tierra, la novena, permaneciendo inmóvil en un solo sitio, siempre está fija ocupando el lugar medio del mundo. Mas aquellas ocho esferas, entre las cuales la misma fuerza tienen dos, producen siete sonidos distintos en intervalos, el cual número es casi el nudo de todas las cosas. Hombres doctos, habiendo imitado esto con cuerdas y cantos, abrieron para sí el regreso a este lugar, así como otros que de prestantes talentos cultivaron en la vida humana divinos estudios. Los oídos humanos llenos con este sonido ensordecieron; y ningún sentido está en vosotros más embotado, así como el pueblo que vive junto a ese lugar donde el Nilo se precipita desde altísimos montes a aquellas que se denominan Catadupta, debido a la magnitud del sonido carece del sentido auditivo.
En un arrebato, D’Annunzio decidió declarar la independencia y comprobar por cuanto tiempo podría salirse con la suya. Junto a uno de sus amigos anarquistas escribió la Constitución, que declaraba la música como el fundamento central del Estado.
(...)
La fiesta nunca acababa. Cada mañana D’Annunzio leía poesía y manifiestos desde el balcón; cada noche un concierto, después fuegos artificiales. Esto constituía toda la actividad del gobierno.
(...)
Creo que si comparamos Fiume con los levantamientos de París en 1968 (también con las insurrecciones urbanas Italianas de los primeros setenta), al igual que con las comunas contraculturales Norteamericanas y sus influencias anarco-Nueva Izquierda, deberíamos percatamos de ciertas similitudes, tales como: la importancia de la teoría estética (los Situacionistas); también lo que podrían llamarse «economías pirata», vivir de los excedentes de la sobreproducción social —incluyendo la popularidad de coloridos uniformes militares— y el concepto de música como forma de cambio social revolucionario.
MÚSICA
LXIV. En la Regencia Italiana del Carnaro, la música es una institución social y religiosa. Cada mil o dos mil años renace del alma de un pueblo un himno inmortal.
Un gran pueblo no es solamente el que crea un Dios a su imagen y semejanza, sino aquel que crea un himno para su Dios.
Si cada renacimiento de un pueblo noble es un esfuerzo lírico, si cada sentimiento unánime y creador es una potencia lírica, si cada orden nuevo es un orden lírico en el sentido vigoroso e impetuoso de la palabra; la música, el lenguaje del ritual, tienen el poder, sobre todo lo demás, de exaltar el logro y la vida del hombre.
¿No parece que la gran música anuncia cada vez a la multitud absorta y ansiosa el reino del espíritu?
El reinado del espíritu humano no ha empezado todavía.
“Cuando la materia operante sobre la materia pueda reemplazar la fuerza física de hombre, entonces el espíritu de hombre empezará a ver el alba de libertad”: dijo un hombre de Dalmacia de nuestro propio Adriático, el vidente ciego de Sebenico.
Como el canto de gallo anuncia el alba, la música es el heraldo del despertar del alma.
Mientras tanto, en los instrumentos del trabajo, de beneficio, y del deporte, en las máquinas ruidosas que, aún estas, caen en un ritmo poético, la música puede encontrar sus motivos y sus armonías. De sus pausas es formado el silencio de la décima Corporación.
LXV. En cada comuna de la Regencia habrá una sociedad coral y una orquesta subvencionadas por el Estado.
En la ciudad de Fiume, el Colegio de Ediles será comisionado para erigir una gran sala de conciertos con capacidad de al menos diez mil oyentes, equipada con gradas y un gra foso para el coro y la orquesta.
Las grandes celebraciones coral y orquestales son "totalmente gratuitas" como de los padres de la Iglesia es dicho gracias de Dios.
El gran orquestal y coral –las celebraciones serán enteramente libres— en el idioma de la Iglesia — un regalo de Dios.
We had never been South before, and everything was strange to us. The language, the heat, the social customs, the Negro road gang that we saw in their striped convict’s suits somewhere in Virginia or North Carolina. The Festival itself, however, was the same old shuck. It was contrived, it was disorganized, and it was geared irremediably towards a white audience. So that most of the time the bluesmen were overshadowed by the very groups that had come to pay them homage (Canned Heat failed to show, but Johnny Winter appeared with twenty-two amplifiers and assorted equipment), and when they did get to play there was a musty flavour to it, as if the music had been embalmed and specially trotted out for this occasion. These were, in fact, many of the same problems which have plagued every blues “concert” I have attended since I first saw Lightnin’ Hopkins at Harvard twelve years ago: a stiff, unnatural atmosphere, an unbridgeable gulf between performer and audience, and a tendency to treat the blues as a kind of museum piece, to be pored over by scholars, to be admired perhaps but to be stifled at the same time by the press of formal attention. It was a depressing realization and one that left me on the whole with the feeling that even in its own backyard blues had ceased to be a living experience.
Well, I no longer feel that’s true. Certainly blues is the property of an older generation whose days are just as certainly numbered. Then, too, there is little question that the sense of regional isolation which gave rock ’n’ roll as well as blues much of its original impetus is fast dying out, to be replaced by a form of cultural homogeneity which denies local differences or distinctions. All across the country the radio announcers have the same bland voice, and I couldn’t help thinking as I drove down to Memphis how different it must have been for Elvis or Johnny Cash or Carl Perkins, growing up listening to B.B. King and Howlin’ Wolf and Sonny Boy Williamson on the radio, seeing Muddy Waters and Junior Parker and Joe Hill Louis as popular artists of the day. It’s almost as if they were living in another world. And yet doing this book taught me that world still exists, and that despite the fierce assault of time upon it the music has an ongoing vitality.
Seeing Hound Dog Taylor at Florence’s a few blocks from the University of Chicago playing for a crowd that has no more idea of the existence of twentieth century comforts than it did before leaving Mississippi. Listening to Buddy Guy relaxed and singing for his own people in a way that was altogether different from any of the countless times I have seen him perform for white audiences. Couples dancing and life surging around the pounding relentless beat. Robert Pete Williams at home in rural Louisiana, playing his guitar for himself and his friends with a confidence and a sense of place that no frequenter of jazz festivals or blues concerts will ever sense. Charlie Rich singing from the depths of his soul for an audience of boosters and parvenus—native Memphians who want to make good in an ad agent’s world. The girl who selected “Dust My Broom” on the jukebox of one of the Chicago clubs and then sang along with lyrics that had been composed before she was born. The atmosphere of any one of the South Side joints where heads turn when you walk in not so much out of hostility as real curiosity that a white should venture into their sealed-off world. A man named Honey offers to buy you a drink, his girl wants to dance, and you look for the catch, you wait for the delayed explosion. There is none; it is just manifest good will, people are glad to see you somehow and after a while you, too, begin to feel part of a community that has been created almost as a shelter against the storm outside.
All these glimpses add up to a picture which is not necessarily coherent but which puts me back in touch with the feeling that originally drew me to the music. It was, when I first heard it, an emotional experience which I could not deny. It expressed for me a sense of sharp release and a feeling of almost savage joy.
Peter Guralnick. Feel Like Going Home. Back Bay Books. Nueva York, 1999.