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sábado, 6 de octubre de 2012

¿Son todavía los Beatles más grandes que Jesuscristo?


Jesucristo (rojo) vs. The Beatles (azul). En el gráfico se compara el número de titulares en prensa digital desde 2004 hasta la actualidad. Fuente: google trends.

lunes, 23 de julio de 2012

Jesucristo vs. Superman




Durante varias semanas los lectores del blog Sound of the City del Village Voice votaron para elegir al «músico neoyorquino quintaesencial». Para la conquista de este pomposo título se siguió el sistema de eliminatoria directa en rondas sucesivas. Cada disputa era planteada mediante una entrada en el blog, en la que al encabezamiento - X vs. Y - seguía una breve lista de las razones por las cuales cada uno de los contrincantes merecía el título. A partir de aquí los votos de los lectores decidían el vencedor. 
Ya en primera ronda se dieron combates insólitos: el «azar» deparó un interesante Miles Davis vs. Public Enemy. Davis, que había salido bien parado de su pulso con los raperos de Fight the Power fue fulminado por Neil Diamond; de igual modo, la modosita Norah Jones se merendó sin pestañear a otro titán del jazz: el inefable Thelonious Monk.

Como se ve en muchos de los comentarios que acompañan a los enfrentamientos, la clave para la victoria estaba en la sinrazón del fan, en ese yo por mi vaca sagrada mato que sale a relucir, por mucho que lo revistamos con alambicados argumentos, cada vez que alguien se atreve a cuestionarla. Así, basta con que el número de fans de un músico sea mayor que el de su contrincante. A pesar de lo arbitrario del sistema, la final enfrentó a dos de los que, con mucha probabilidad, todos hubiéramos incluido entre los cinco primeros cabezas de serie: John Coltrane y Lou Reed, o, como dijo un comentarista del blog, Jesucristo y Superman. 

¿Pucherazo? Poco importa si aceptamos que es la final soñada, el partido del siglo. Dos figurones, cada uno con su propuesta narrativa ¿A que me refiero con lo de narrativo? Pues al argumentario esgrimido para apoyar cada candidatura y que, sin embargo, el sistema de voto cancela, tal y como ocurre en unas elecciones cuando se vota a las siglas de un partido político ahorrándose el esfuerzo de leer los programas de los contendientes. Pero esto, aquí, es algo secundario.

El autor del blog plantea la competición invitando al debate sobre cuál de los músicos  concurrentes responde al rótulo «músico neoyorquino quintaesencial». ¿Y qué es eso? Aquí está el meollo del asunto. Más o menos se trata de juzgar el ajuste de una persona - de una máscara - a lo que se considera el retrato robot del perfecto músico neoyorquino. Así, por ejemplo, se define a Jon Spencer como un candidato que cumple dos de las grandes tradiciones musicales de Nueva York, a saber: 1) es un muchacho de Nueva Inglaterra que llega a la ciudad para hacerse un nombre y, 2) urbaniza el sonido del sur rural de los EEUU. 

De acuerdo, en este momento vislumbramos la propuesta original del concurso. Necesitamos una narración para cada músico, y esta narración ha de ajustarse a otra considerada como propia de la ciudad de Nueva York: la de su músico quintaesencial. Sin embargo, dada la dificultad de saber qué pueda ser esa quintaesencia se tratará más bien de elaborar un paradigma y juzgar en qué medida pueda serle propio a la ciudad. De este modo cada paradigma sería a su vez una propuesta de quintaesencia musical neoyorquina.

Avancemos un poco más. La rival de Spencer, Madonna, es presentada como una gran estratega a la hora de lograr éxito, sin que sepamos demasiado bien a qué atenernos para juzgar su neoyorquinidad. El autor del blog, por obra u omisión, se carga los términos de comparación entre ambos concursantes. 

Chapuzas al margen, el sorpasso de la ambición rubia podría justificarse sin dificultad, ya que encarna a la perfección - he aquí una propuesta narrativa que cualquier participante en la votación podría formular por si mismo - la mezcla de glamour, descaro, sofisticación y vulgaridad que bien puede definir otro paradigma de músico neoyorquino. Juzgaríamos, por lo tanto, la potencia de dos paradigmas: el «spenceriano» o el «madonniano».

De este modo, vendrían en nuestro socorro multitud de sobreentendidos, clichés de los que necesariamente se tendrá que servir todo el que quiera jugar sin reducir su participación a clicar, sin más, sobre el nombre del artista del que es seguidor; tanto da que el participante sea de Nueva York como de San Juan de Paluezas, basta que maneje con cierta soltura algunos de esos clichés.

Los criterios que siguen los votantes podrían responder a la potencia de cada paradigma, pero, si ocurre así, es sólo de un modo secundario, primando, como decíamos, la fidelidad del fan. En cualquier caso, lo sustancial aquí es señalar la importancia de la conformación de un paradigma en la fabricación de ídolos y, por tanto, el papel fundamental que desempeñan los elementos extramusicales en la música pop. De esto va el juego.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Tirios y troyanos




Y uno que pensaba que algo tan intrascendente como la cosa musical estaba al margen del tráfico de vísceras... Todo empezó hace unos meses con gresca por un cuestionario a Russian Red en la revista Marie Claire. A los pocos días, Amaral mostraban su cabreo por el "uso político" de una de sus canciones.

Del mismo modo que determinados hechos empiezan a reproducirse tras el pistoletazo de salida en prensa - se da la noticia de que una casa se desploma por aluminosis y de pronto edificios que aguantaban pacientemente hasta ese día empiezan a caerse por todo el país - creí que empezaríamos a ver músicos enzarzados en una noria de descalificaciones mutuas a causa de sus simpatías políticas, compadreando con las figuras que realmente generan interés en España: fútbolistas y famosos en general. Pero entonces llegaron Neri, Teddy & co. reclamando protagonismo: pasapalabra.

Lo del uso político consistió en Rubalcaba valiéndose de la enorme popularidad de Amaral para dar réplica a un diputado del Congreso, algo que molestó a los zaragozanos, que habían mostrado sus simpatías hacia los manifestantes de la Plaza de Sol, quienes a su vez habían hecho bandera de la desafección a los grandes partidos. Ni que decir tiene que en los medios hubo refriega entre cejudos y cejijuntos: unos alzaron el puño, otros la garrota y Standard & Poor's la prima de riesgo española.

El caso de Russian Red tiene más miga. Preguntada por sus afinidades políticas, Lourdes Hernández - es decir, RR - se decantó por la derecha. Entre los comentarios que suscitó su respuesta algunos apuntaron a la solidaridad entre ideario político y música, a saber: dedicarse a escribir "canciones bonitas", eso y nada más, es tarea propia de derechones. No sé si tal cosa ha de entenderse como que fuera del "compromiso político" sólo hay canciones "bonitas" - ¿comerciales? - que sería mejor no tener que escuchar, lo que vendría a ser una puesta al día de la doctrina Zhdánov (apellido del señor de la foto).

En cualquier caso, la idea de que el conservadurismo político y el musical van de la mano no resiste la prueba del algodón y ahí está el caso del revolucionario, musicalmente hablando, Stravinsky o el de esos músicos folk que en los sesenta incrustaban sus protestas en formas musicales tradicionales. Más madera: Lou Reed, It's a perfect day: ¿es una loa al conformismo?, ¿si lo fuera, sería algo reprochable?

Las reminiscencias inquisitoriales del caso Russian Red nos ponen en la senda de otro de los tópicos de la música pop, el de la limpieza de sangre, es decir, la "autenticidad". Volvemos con Amaral.





Yo te untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla...


Quevedo


El
Heliogábal es un pequeño local situado en el barrio de Gràcia, en Barcelona. Pequeño pero matón: su programa de espectáculos cubre casi tres cuartas partes del año. El contenido - basicamente recitales de poesía y música - puede ser descrito, para que nos entendamos, como alternativo.

Hace un par de meses Amaral, una banda acostumbrada a los grandes escenarios, se presentaron
allí en lo que podría ser la imagen perfecta de la superación de la disyuntiva independiente/comercial, dejando ver que lo indie no es más que una pose y que el tránsito entre los dos ámbitos es posible en ambos sentidos. Musicalmente, por molesto que resulte, la distancia entre Quique González y Dani "Canto del loco" es muy corta, aunque suficiente para pasar de la indiferencia al sonrojo.

El caso de Amaral no es en absoluto una excepción, aunque sí destaca por tratarse de una de las bandas de mayor éxito en el pop español y porque su sensibilidad, lo dejan saber por activa y por pasiva, siempre ha estado muy próxima a la de las bandas de pop independiente. Así las cosas, la esquizofrenia de hacer canciones de top 40 pero querer desenvolverse con maneras indies deja de ser tal. Atravesar esa frontera puede ser beneficioso en términos de imagen y hasta terapéutico, si es que uno se siente culpable por tener éxito.

Uno de los ejemplos más claros del nuevo estatus de la música independiente apareció hace unas semanas en el suplemento cultural de un importante diario español. Un
anuncio a toda página del Ministerio de Economía, Innovación y Desarrollo de Portugal publicitaba un tour por el país a golpe de corchea indie, con parada y fonda en cuatro festivales celebrados a lo largo de los meses de julio y agosto.

Sin embargo, estos ejemplos contradicen a un tipo de ideología que sólo encuentra en ellos motivos para la indignación, como ocurrió con las protestas de parte de la audiencia del FIB por la inclusión en su programa de Julieta Venegas, artista cuyo mayor pecado es el de componer canciones de éxito o la querella contra Wilco por permitir que una de sus canciones apareciera en el anuncio de una conocida marca de coches.

Es la gran aporía del pop, un artículo de consumo al que en ocasiones se le pide ser más que una mercancía un contexto en el que tener una experiencia trascendental: Cristo echando a los mercaderes del Templo.