Escribir sobre música es como bailar arquitectura.
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Resulta muy complicado tener que hablar de música con palabras, sin tenerla permanentemente ni ante los ojos ni en el oído.
Whilhelm Furtwängler.
Sin duda, mejor Furtwängler que "?".
Escribir sobre música es como bailar arquitectura.
Resulta muy complicado tener que hablar de música con palabras, sin tenerla permanentemente ni ante los ojos ni en el oído.
La melodía consiste en una cierta fluidez de los sonidos deslizantes y dulces, como la miel a la que debe su nombre.
Las canciones de Joao Gilberto y Antonio Carlos Jobim llegaron a América como un soplo de aire fresco. Su música vino en un momento en el que la anemia y la confusión estaban siendo visibles en nuestra música para cualquiera que supiera lo suficiente para interesarse. La desesperada moda de la innovacion se había extralimitado.
Y casi desde el momento en que apareció, gente a la que le gustaba el rock insistió en que se estaba muriendo. El crítico Richard Meltzer afirmó presuntamente que el rock ya había muerto en 1968. Y estaba equivocado en el mismo grado en que tenía razón. El yerro de Meltzer es evidente y no requiere mayor explicación, a menos que uno sinceramente piense que "Purple Rain" es horrible. Pero su acierto es más complejo: el rock está muerto en el sentido de que el juicio sobre su "vigor" es subjetivo y se fundamenta en la arbitrariedad crítica del oyente.
Chuck Klosterman en un artículo de The New York Times Magazine del 23 de mayo de 2016.
Y entonces el rock'n'roll murió. Se había terminado incluso antes de haber tenido la oportunidad de sonreír tímidamente y mirar alrededor. En su lugar vino un nuevo producto completamente sintético. Yo estaba tan sólo en noveno grado* cuando entramos en lo que entonces se llamó la era Filadelfia del rock.
Peter Guralnick. Feel Like Going Home. Back Bay Books. Nueva York, 1999.
Reanimado por este relato, interrogué al anciano, más instruido que yo, respecto a la edad de varios cuadros y sobre el argumento de algunos que me era desconocido; interroguele también acerca de la causa de la decadencia de las bellas artes en nuestro siglo, sobre todo por lo que respecta a la pintura, de la que parecen no quedar ya ni vestigios. Entonces él dijo:
La concupiscencia del dinero es la causa principal. Antes, cuando sólo el verdadero mérito era ensalzado, florecían las bellas artes, y los hombres a porfía se disputaban la gloria de transmitir a las generaciones venideras todos los descubrimientos útiles. Asó viose a Demócrito, nuevo Hércules, destilar el jugo de todas las plantas conocidas, para conocer a fondo las propiedades vegetales y consumir su vida toda en tales experiencias; Eudoxo envejeció subido a la sima de altísima montaña para contemplar más de cerca los movimientos del cielo y de los astros; Crisipo tomó tres veces eléboro para purificar su alma y hacerse más apto para nuevos descubrimientos.
Pero, limitándonos a las artes plásticas, Lisipo murió de hambre por ceñirse y dedicar su vida a perfeccionar los contornos de una estatua, y Mirón, que hizo, por decirlo así, pasar al bronce el alma humana y el instinto de los animales, no encontró heredero. Por el contrario, nosotros, entregados a la voluptuosidad y a la embriaguez, no osamos ni elevarnos al conocimiento de las artes; aunque censores de la antigüedad, sólo enseñamos y cometemos toda clase de vicios.¿Qué hemos hecho de la dialéctica? ¿Dónde está la Astronomía? ¿Adónde hemos relegado la moral, ese camino hermoso de la sabiduría? ¿Quién, añadió, va hoy al templo, y hace votos por lograr la elocuencia? ¿Quién pide a los dioses que le descubran las fuentes de la filosofía? Ni siquiera se les pide la salud. Toda esa multitud que sube al Capitolio, antes de pisar los umbrales del templo, unos prometen, ofrendas si tienen la dicha de enterrar a un pariente rico; otros si descubren un tesoro; estos si logran amontonar antes de morir treinta millones de sestercios. El mismo Senado, arbitro del honor y la justicia, suele votar mil denarios de oro al Capitolino, y no vacilan en fomentar de este modo la concupiscencia, comprando los favores de Jove. No te lamentes, pues, de la decadencia de la pintura, ya que los dioses y los hombres hallan mayor placer en contemplar un lingote de oro que en las obras maestras que Apeles, Fidias y los demás griegos locos hicieron.
Esto mismo ocurre en poesía con aquéllos que, siendo incapaces de componer cosas con ingenio e imaginación, se entregan a la composición de anagramas, acrósticos y argucias similares haciéndose así merecedores más del nombre de juntaletras que del de poetas. Gesualdo, príncipe de Venosa, por otro lado, alguien nacido verdaderamente para la música, dotado para la expresión musical y que podía vestir con su talento musical cualquier material poético, nunca se ocupó, al menos que uno sepa, de cánones y artificiosos ejercicios similares. Así debería ser, entonces, el genio del gran compositor, particularmente para aquel tipo de composiciones musicales que deben hacer que cobren vida todos los afectos interiores del alma con expresión vívida.