jueves, 23 de junio de 2016

Querellas.


La melodía consiste en una cierta fluidez de los sonidos deslizantes y dulces, como la miel a la que debe su nombre. 

Joseph Joubert (1754-1824). Pensamientos. Edhasa, Barcelona. 1995.


Las canciones de Joao Gilberto y Antonio Carlos Jobim llegaron a América como un soplo de aire fresco. Su música vino en un momento en el que la anemia y la confusión estaban siendo visibles en nuestra música para cualquiera que supiera lo suficiente para interesarse. La desesperada moda de la innovacion se había extralimitado.

Stan Getz en las notas de contraportada del Lp Getz/Gilberto, 1963.


Aunque Joubert confunde la etimología de melos, palabra griega que significa "canto " o "música", deja clara su preferencia por los sonidos "melifluos". 

Las notas de Stan Getz, escritas en 1963, son una respuesta al free jazz de la época, estilo al que consideraba un callejón sin salida.

viernes, 10 de junio de 2016

Muerte y resurrección del rock IV



Y casi desde el momento en que apareció, gente a la que le gustaba el rock insistió en que se estaba muriendo. El crítico Richard Meltzer afirmó presuntamente que el rock ya había muerto en 1968. Y estaba equivocado en el mismo grado en que tenía razón. El yerro de Meltzer es evidente y no requiere mayor explicación, a menos que uno sinceramente piense que "Purple Rain" es horrible. Pero su acierto es más complejo: el rock está muerto en el sentido de que el juicio sobre su "vigor" es subjetivo y se fundamenta en la arbitrariedad crítica del oyente.
Chuck Klosterman en un artículo de The New York Times Magazine del 23 de mayo de 2016.

viernes, 25 de marzo de 2016

Actitudes elvipresilianas

El rock en la revolución cubana. Discurso pronunciado en la Universidad de La Habana el trece de marzo de 1963 por Fidel Castro, recogido en el documental Historias y cintas de vídeo, de Ricardo Figueredo Oliva. (A partir de 18m:18s)




lunes, 21 de marzo de 2016

Muerte y resurrección del rock III



Y entonces el rock'n'roll murió. Se había terminado incluso antes de haber tenido la oportunidad de sonreír tímidamente y mirar alrededor. En su lugar vino un nuevo producto completamente sintético. Yo estaba tan sólo en noveno grado* cuando entramos en lo que entonces se llamó la era Filadelfia del rock. 
Peter Guralnick. Feel Like Going Home. Back Bay Books. Nueva York, 1999.

*Hacia 1957-8.

sábado, 5 de diciembre de 2015

La Edad de oro de la (in)cultura



En la polémica sobre el progreso de la humanidad las artes ocupan un lugar destacado. Por ejemplo, durante el siglo XVII parte de la discusión entre antiguos y modernos se mueve en torno a la excelencia de los autores contemporáneos frente a figuras como las de Homero o Platón. Éstos remiten a una Edad de oro puesta en cuestión desde el momento en que asoma la idea de progreso, edad que va emparejada con la idea de decadencia. 

Vamos a retroceder un poco más en el tiempo. Extraigo este párrafo de la obra del siglo I, Satiricón, atribuída a Petronio. Corresponde a una conversación que Encolpio y el viejo poeta Eumolpo mantienen en la pinacoteca de un templo:

Reanimado por este relato, interrogué al anciano, más instruido que yo, respecto a la edad de varios cuadros y sobre el argumento de algunos que me era desconocido; interroguele también acerca de la causa de la decadencia de las bellas artes en nuestro siglo, sobre todo por lo que respecta a la pintura, de la que parecen no quedar ya ni vestigios. Entonces él dijo:

La concupiscencia del dinero es la causa principal. Antes, cuando sólo el verdadero mérito era ensalzado, florecían las bellas artes, y los hombres a porfía se disputaban la gloria de transmitir a las generaciones venideras todos los descubrimientos útiles. Asó viose a Demócrito, nuevo Hércules, destilar el jugo de todas las plantas conocidas, para conocer a fondo las propiedades vegetales y consumir su vida toda en tales experiencias; Eudoxo envejeció subido a la sima de altísima montaña para contemplar más de cerca los movimientos del cielo y de los astros; Crisipo tomó tres veces eléboro para purificar su alma y hacerse más apto para nuevos descubrimientos.

Pero, limitándonos a las artes plásticas, Lisipo murió de hambre por ceñirse y dedicar su vida a perfeccionar los contornos de una estatua, y Mirón, que hizo, por decirlo así, pasar al bronce el alma humana y el instinto de los animales, no encontró heredero. Por el contrario, nosotros, entregados a la voluptuosidad y a la embriaguez, no osamos ni elevarnos al conocimiento de las artes; aunque censores de la antigüedad, sólo enseñamos y cometemos toda clase de vicios.¿Qué hemos hecho de la dialéctica? ¿Dónde está la Astronomía? ¿Adónde hemos relegado la moral, ese camino hermoso de la sabiduría? ¿Quién, añadió, va hoy al templo, y hace votos por lograr la elocuencia? ¿Quién pide a los dioses que le descubran las fuentes de la filosofía? Ni siquiera se les pide la salud. Toda esa multitud que sube al Capitolio, antes de pisar los umbrales del templo, unos prometen, ofrendas si tienen la dicha de enterrar a un pariente rico; otros si descubren un tesoro; estos si logran amontonar antes de morir treinta millones de sestercios. El mismo Senado, arbitro del honor y la justicia, suele votar mil denarios de oro al Capitolino, y no vacilan en fomentar de este modo la concupiscencia, comprando los favores de Jove. No te lamentes, pues, de la decadencia de la pintura, ya que los dioses y los hombres hallan mayor placer en contemplar un lingote de oro que en las obras maestras que Apeles, Fidias y los demás griegos locos hicieron.

Tras esta disertación, Eumolpo glosa en verso un cuadro en el que se representa la caída de Troya. Al oírlo, los allí presentes empiezan a arrojarle piedras. En ese momento los dos protagonistas de la escena toman las de Villadiego.

Este lamento por las artes puede compararse con las actuales quejas de algunos artistas respecto a cuestiones fiscales o al apoyo financiero del correspondiente ministerio/consejería/concejalía. Frecuentemente el argumento que justifica sus demandas no tiene que ver con las habichuelas - lo cual sería bastante respetable, pero quizás, dirán, demasiado pedestre - ni tampoco, al modo de Eumolpo, con la nostalgia por una Edad de oro perdida, si no que consiste en denominar «cultura» a lo que hacen. Amén.

martes, 11 de agosto de 2015

El genio IV


La entrada anterior niega el lugar común del genio como figura surgida a finales del siglo XVIII, durante el Romanticismo. Con Rameau nos situamos un poco antes, en los últimos años del periodo barroco y un genio más comedido, atemperado por el buen gusto. No es el genio posterior, el infalible mago wagneriano que ignora las reglas; pero la chispa que asociamos a esa figura ya está ahí, apuntada por el francés.

Aún podemos retroceder algo más en el tiempo. En la primera mitad del siglo XVII el italiano Giovanni Battista Doni, al analizar los talentos particulares de compositores de contrapunto y de ópera, enfrentando la creación de un artesano con la de un genio, respectivamente, escribe lo siguiente:

Esto mismo ocurre en poesía con aquéllos que, siendo incapaces de componer cosas con ingenio e imaginación, se entregan a la composición de anagramas, acrósticos y argucias similares haciéndose así merecedores más del nombre de juntaletras que del de poetas. Gesualdo, príncipe de Venosa, por otro lado, alguien nacido verdaderamente para la música, dotado para la expresión musical y que podía vestir con su talento musical cualquier material poético, nunca se ocupó, al menos que uno sepa, de cánones y artificiosos ejercicios similares. Así debería ser, entonces, el genio del gran compositor, particularmente para aquel tipo de composiciones musicales que deben hacer que cobren vida todos los afectos interiores del alma con expresión vívida.

sábado, 4 de julio de 2015

El genio III


En la disputa que Rousseau mantuvo con Rameau se enfrentaron la libertad creadora del genio y la estricta reglamentación intelectual. Quedó claro en la entrada anterior que para el ginebrino el genio está por encima de las reglas y es precisamente por esto por lo que está autorizado a imponer otras nuevas. Para Rameau, púgil entrenado en la escuela cartesiana, sin embargo, la música responde a principios universales y expresa el orden matemático al que obedece la creación.

Visto así, a Rameau parecería bastarle el conocimiento de las reglas armónicas para componer buena música. Pero no. Escribía Rameau en su Tratado de armonía que "hay un mundo de diferencia entre una música sin faltas y una música perfecta". En relación con esto mismo deja dicho en el Prefacio: "Es verdad que hay ciertas perfecciones que dependen del genio y del gusto (...) Por lo demás, este conocimiento perfecto sirve para poner a trabajar el genio y el gusto, que sin él se convierten a menudo en talentos inútiles".

Rameau, por tanto, y anticipándose a Rousseau, defiende el genio musical y entiende que no se debe ser estricto en exceso con las reglas, pero concluye que sin ellas el genio es insuficiente.